mar. Nov 29th, 2022

Pbro. Dr. Alfonso Verduzco Pardo

Todos queremos vivir felices, y yo digo que para ser felices, basta con cumplir los 10 mandamientos.

Lamentablemente, la inmensa mayoría de las personas que siendo bautizadas, no saben cuáles son los 10 mandamientos. Tu, lector amigo, ¿Sabes cuáles son los 10 mandamientos?

Voy a intentar reflexionar sobre algunos otros caminos conducentes a la felicidad:

Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a toda persona que llega a la adolescencia, es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha puede encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa.

Sería también necesario decirles que no hay “recetas” para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola, sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser muy diferente a la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser felices está en descubrir “que” clase de felicidad es la mía propia.

Añadir después que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos por los que con certeza, se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos:

Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Descubrir y disfrutar de todo lo bueno que tenemos. No tener que esperar a encontrarnos con un ciego para enterarnos de los hermoso e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras manos se muevan sin que sea preciso para este descubrimiento ver las manos muertas de un paralítico.

Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan. No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca llegarán.

Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y aceptarles tal y como son, distintos a nosotros.

Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate de valores esenciales.

Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de nuestras energías. Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos.

Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga –y a veces muy a la larga- terminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más de prisa por caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar.

En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras estemos vivos.

La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas elecciones podrán servir para iniciar el estudio de la asignatura más importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de la felicidad.

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