jue. Sep 29th, 2022

CRITERIOS…

“El poder de la palabra”

Arturo CEJA ARELLANO

(Cronista Comunitario, avalado por la Asociación de Cronistas por Michoacán)

            El Río Celio de Jacona tiene su origen o lugar de nacimiento, en La Presa de la Luz o Verduzco, cuyo escurrimiento de líquido daba vida a La Casa del Agua, donde existían turbinas para la generación de electricidad que era enviada hasta Colima, parte de Jalisco y de Michoacán.

            Las aguas del Celio coadyuvaron en el cultivo de flores (tulipán, alcatrás, clavel y rosas), regando las parcelas que se ubicaban desde el lugar donde ahora está el Mercado Revolución, el Balneario El Paraíso, las huertas del Hotel Don Bosco y la parte poniente del Seminario Mayor de la Diócesis de Zamora; así como las hermosas huertas (ya casi desaparecidas), que se encontraban en las riberas del afluente, como La Quinta Las Vegas.

            En el Celio se encontraban lugares turísticos y de esparcimiento muy importantes, como La Viga Alta y El Calicanto, donde se formaban estanques que eran muy frecuentados por la gente de todas las clases sociales, inclusive familias completas que iban a pasar el día de campo. Era un baño extraordinario; era un lugar ideal para los fines de semana. Ahí “se la salaban” los muchachos de la escuela.

            En temporada de lluvias se unen las aguas broncas de La Barranca del Reventón, que se forma por el escurrimiento de más de “30 kilómetros de barranquillas” de los cerros del sur de Jacona, principalmente del Cerro Azul, que arrastra todo lo que encuentra a su paso, principalmente “topuri”, o tierra del deslave, que azolva al Celio, aumentando el riesgo de desbordamiento de las aguas del río.

            Allá por los años setenta y hasta la década de los ochenta, la salida de la creciente era garantía cada año, saliéndose por las huertas y luego por las puertas de las casas de la calle Constitución, o en la curva que se forma en el puente de la misma, corriendo el líquido hasta la Calzada Zamora-Jacona o “Perfecto Méndez”. Se inundaba todo “el pantano”, lugar donde ahora se encuentra el Princes y centros comerciales, que se inundaba de peces, ranas y chachamoles, que beneficiaban ampliamente a parte de la población que iba en su búsqueda.

            Se escuchaban, de boca de los “cuenteros” (hoy cronistas) que, en una ocasión, en una vivienda se encontraban velando a un difunto, cuando de pronto salió la creciente del río, arrastrando al ataúd que, por fortuna, fue rescatado a tiempo.

            Otros cuentos narran que el agua se llevó varios cerdos de un chiquero, y que la gente usaba reatas para tratar de lazarlos y hacerlos suyos.

            Trasladándonos hasta el año de 1680, al surgir la historia sobre la aparición de La Virgen de La Raíz (Nuestra Señora de La Esperanza), en el año de 1888 se narra un acontecimiento de aquél entonces; y uno de sus párrafos señala, refiriéndose a la disputa por la posesión de la Santa imagen, por habitantes de Pajacuarán y Jacona:

            “Despedidos todos con alguna displicencia (indiferencia y desgano), por las quejas del Señor Cura a la Milagrosa Imagen, caminaron para sus casas. Llegó la tarde del mismo día, y a las cinco, se vieron por el sur “pavorosas nubes” en los cerros inmediatos, que con su mucha lluvia prometían la destrucción de Jacona. Llegaron estas corrientes al pueblo con tanto ímpetu y abundancia de agua, que estando como está la parroquia en tan alta situación, respecto a los demás vecinos, desnudaron el área del altar mayor, se cubrió el primer descenso de la escalera de este convento, inundando el claustro con tanta abundancia de agua, y nadaron en él los caballos, y que huyendo de las corrientes se entraron a favorecerse; quedaron en las calles troncos de madera que bajaron de los montes, y piedras de tanta magnitud, que para su expulsión fueron necesarios bueyes para jalarlas. A distancia de media legua se hallaron al día siguiente los tercios de algodón y zurrones (bolsas grandes de piel o de cuerdo) de cacao que tenían los mercaderes. Se hallaron 2 ó 3 párvulos (niños de corta edad que no han alcanzado la edad escolar) y a los adultos que se llevaba el agua los sacaron con lazos. Y por fin, fue tanta el agua que bajó de los montes, que se vio Jacona inundada.

Un religioso, a quien mandó la Obediencia a que pasara a vivir en este convento, con la ocasión de haber llegado gustoso el día antes de este suceso, comentó que se hallaba en este tiempo en una ventana mirando la hermosura y frondosidad de este pueblo, teniendo por dicha haber venido a vivir en él. En esto estaba discurriendo según él dijo, cuando llegó la corriente y trocando (como se puede considerar) la Magnifica en responso (oración en liturgia de difuntos), viendo los estragos que causaron las furiosas corrientes. Aterrorizado y huyendo de experimentar otra que pudiera suceder, veló toda la noche y a la mañana siguiente tomó el prelado la venia y se fue a tomar otra conventialidad.

El caso es que el pueblo olló el ruido y vio que era el azote de la mano divina, y de Divina Justiciera. Huyeron todos para el cementerio y capilla de esta Soberana y Sagrada Imagen, pidiéndole con plegarias, súplicas y lágrimas, les libertara la vida; pero ¡Oh, Soberana Señora! (que así amparas a quienes con confianza te invocan) no llegaron tan violentas y abundantes corrientes al cementerio que estaba lleno de gente, ni al Santuario donde estaba la Soberana Emperatriz de cielo y tierra. Aun estando este tan sumamente bajo, donde desnudaron hasta el área del altar de la parroquia, estando mucho más alto que el Santuario. Las aguas corrían dispersas inundando casas y huertas, recogidas y congregadas tan solamente en las calles, tomaron el destino para su centro sin perjudicar a nadie, sin ejecutar en el pueblo la destrucción que ofrecían sus aparatos. (extraído del folleto “La Virgen de La Raíz”, de un servidor, creado por un documento que me fue obsequiado por el señor José Luis Ávalos Espinoza y su señora Esperanza Vega).

El caso es que, de nueva cuenta se desbordó el Celio por la avenida Constitución, tal vez por la copiosa precipitación pluvial o por la falta de desazolve que cada año se debe dar antes de la aparición de la temporada de lluvias.

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